Aún no habían despuntado los primeros rayos de sol cuando Rodia se levantó de la cama, como cada madrugada, sin necesidad de despertador. Su cuerpo obedecía a la rutina mejor que ningún reloj. Abrió el cajón de su mesita de noche y sacó de entre los calzoncillos una petaca de alcohol. Dio un largo trago y, tras volver a guardarla, salió de su habitación para entrar en la contigua. -Buenos días, Tatiana… - Rodia se acercó a la cama y se inclinó para besar la mejilla de su hermana, de catorce años, que ya estaba despierta. A continuación, le limpió la barbilla y la boca con un pañuelo de tela, deslizó sus brazos por debajo de su espalda y piernas y la levantó para cargarla hasta el baño. Una vez allí, la desvistió de cintura para abajo y le dedicó una sonrisa, lleno de sorpresa y orgullo. El pañal estaba seco. -¡Muy bien, así me gusta! La chica le devolvió la sonrisa con la mirada perdida, a duras penas entendía lo que su hermano le decía, pero captaba sus sentimientos mejo...
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