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 Aún no habían despuntado los primeros rayos de sol cuando Rodia se levantó de la cama, como cada madrugada, sin necesidad de despertador. Su cuerpo obedecía a la rutina mejor que ningún reloj. Abrió el cajón de su mesita de noche y sacó de entre los calzoncillos una petaca de alcohol. Dio un largo trago y, tras volver a guardarla, salió de su habitación para entrar en la contigua.

-Buenos días, Tatiana… - Rodia se acercó a la cama y se inclinó para besar la mejilla de su hermana, de catorce años, que ya estaba despierta. A continuación, le limpió la barbilla y la boca con un pañuelo de tela, deslizó sus brazos por debajo de su espalda y piernas y la levantó para cargarla hasta el baño. Una vez allí, la desvistió de cintura para abajo y le dedicó una sonrisa, lleno de sorpresa y orgullo. El pañal estaba seco.

-¡Muy bien, así me gusta!

La chica le devolvió la sonrisa con la mirada perdida, a duras penas entendía lo que su hermano le decía, pero captaba sus sentimientos mejor que nadie. Rodia la ayudó a sentarse en el inodoro y, cuando hubo terminado, la limpió y la volvió a vestir, cambiando su pañal y su ropa interior.

-¿Y bien? - Ivan Kolzov observaba a su hijo desde el otro lado de la puerta, con un cigarro apagado en la boca.

-¡Nada, ya van tres noches seguidas! - respondió el muchacho con entusiasmo.

-Genial. - El progenitor encendió su cigarro y miró su reloj mientras inhalaba la primera bocanada, para luego dejar escapar el humo mientras hablaba. – Las cinco y cuarto. Deja a la niña y me ayudas a cargar la furgoneta.

-De acuerdo.

Rodia cogió a su hermana de nuevo en brazos y la depositó con delicadeza en su cama. Aquella mañana iba más holgado de tiempo, pero no tuvo ocasión de volver a dormir. Bajó las escaleras y entró a la cochera con el pijama aún puesto, donde el señor Kolzov lo esperaba, ataviado con sus botas y su polvoriento mono de albañil. Entre los dos llenaron el maletero con los sacos de arena, cubos y demás herramientas, y cuando hubieron terminado, el padre se subió al vehículo y se marchó sin mediar palabra, dejando tras de sí una nube de polvo y humo.

-De nada, ¿eh? - replicó Rodia con los ojos puestos en la furgoneta, que se alejaba calle abajo. A continuación cerró la puerta de la cochera, entró en la cocina y se encendió él también un cigarro. Se sentó a la mesa, aún desierta, dio una calada, cerró los ojos y, recostándose hacia atrás, vació lentamente sus pulmones, disfrutando de aquel momento de paz. Al menos no habría gritos ni golpes esa mañana. El chico apuró el cigarro y subió a ducharse. Después se cambió de ropa, y cuando bajó a desayunar, encontró allí a su madre y a Irina, su hermana mayor, aún en pijama, conversando animadamente.

Las luces estaban encendidas y el aire lleno de vapor, de olor a pan tostado, salchichas y mantequilla. Sonia, la madre, estaba de pie, friendo las salchichas en una sartén mientras esperaba a que hirviera el agua para el té. Irina, por su parte, estaba sentada a la mesa, untando mantequilla en una tostada. Fue la primera en percibir la aparición de Rodia.

-Buenos días, cabezón. Anda, si ya está vestido y todo – dijo en tono burlón.

-¡Alguien tenía que dar ejemplo! - replicó él revolviéndole el pelo, mientras pasaba por su lado para dar un beso en la mejilla a su madre, que lo recibió encantada.

-¿Qué tal la niña esta mañana? - Sonia era ama de casa y se encargaba de cuidar de Tatiana, nacida con parálisis cerebral, a lo largo del día. Sin embargo, Irina y Rodia se turnaban cada semana para cuidar de ella por las mañanas, antes de irse a clase.

-Muy bien, mamochka, ya van tres días que amanece limpia.

-¿Mamochka? ¿Qué tienes, cinco años? - inquirió Irina con una risotada.

-¡Ay, déjalo! A mí me gusta – respondió Sonia con una sonrisa – Qué buena noticia, Rodia, parece que poco a poco va controlando mejor…

El muchacho asintió y se sentó a la mesa con la mayor. Esperaron a su madre y desayunaron compartiendo el alivio de que Ivan no estuviera allí.


Poco después, Rodia estaba uniéndose de nuevo a Stylios en su caminata diaria hacia el instituto.

-¡Buenos días! - exclamó el ruso chocando la mano de Stylios y echándole el brazo por encima del hombro - ¿Qué te parecieron los compañeros ayer?

-Buenos días – el semblante taciturno de Stylios no pudo evitar transformarse en una sonrisa ante esta oleada de energía - pues muy bien, aunque todavía no los conozco mucho…

-¿Muy bien? Anda ya, conmigo puedes ser sincero, tío – y se echó a reír – ya te dije que eran unos muermos.

-Bueno, es verdad que Wade casi no habló. ¿Es siempre así?

-Sí, es un tío muy raro. Siempre se sienta en última fila, y creo que no tiene amigos. La gente se le acerca, pero él pasa de todo el mundo. Casi siempre está con sus cascos para que nadie le hable.

Stylios se encogió de hombros – Supongo que tendrá sus motivos.

-Bah, él sabrá.

Después de un breve silencio, Stylios añadió – Me habría gustado conocer a Thais.

Rodia se giró hacia él con un gesto afirmativo – Pues sí, es la única que merece la pena. Lástima que estuviera trabajando.

-¿Dónde trabaja?

-Dependiendo del día está de camarera en un bar, o limpiando casas.

-¿Y no descansa ningún día? - preguntó Stylios asombrado.

-Creo que no. La verdad, no sé de dónde saca el tiempo.

-Vaya...

En estas y otras charlas, los chicos llegaron al centro. Al entrar en la clase encontraron un revuelo inusual: algunos alumnos se arremolinaban en torno al pupitre de Leah, y los demás en pequeños grupos dispersos por el aula, todos mirando las pantallas de sus móviles.

-Pero bueno, ¿qué pasa aquí? - interrogó el ruso.

-¡Mira tu móvil, Rodia! He pasado el enlace al grupo de la clase – Respondió Leah.

-¿Eh? ¿Hay un grupo de toda la clase? - Preguntó Stylios.

-Sí, perdona. Ahora te meto – contestó Rodia sacando su dispositivo del bolsillo para compartir la pantalla con su amigo. El enlace conducía a un vídeo, subido apenas un par de horas antes, grabado con un móvil por una de las personas que presenciaron el accidente del F-35. En él se podía apreciar la multitud que asistía al evento, y en el momento en que los aviones sobrevolaban el desfile, un rayo de luz impactaba a una de las aeronaves desde el suelo, desde el lugar donde se encontraban los espectadores. A continuación podía verse cómo el aparato, parcialmente desintegrado, caía envuelto en llamas y se estrellaba con una gran explosión, proyectando una gigantesca columna de humo negro hacia el cielo.

-Está en todos los medios, es “trending topic” en Twitter, ¡todo el mundo lo está comentando! - Añadió, Leah - Algunos dicen que es un fake, pero ¿cómo te lo explicas? ¡Es rarísimo!

A Stylios se le heló la sangre al ver las imágenes. No podía verse a sí mismo ni a sus familiares, quien grabó el vídeo estaba lejos de donde se encontraban ellos en sus sueños. A pesar de estar viéndolo, le resultaba imposible recordar de primera mano lo que él había visto. Sin embargo, algo en su interior le decía que aquel vídeo era absolutamente real. Su cuerpo se tensó, recorrido por un escalofrío de pies a cabeza, su mirada se perdió en la nada y sudores fríos comenzaron a brotar de su frente mientras las voces de sus compañeros se oían cada vez más lejanas. Su corazón golpeaba su pecho como un martillo neumático, su boca se secó y sus manos comenzaron a temblar. De pronto una voz destacó sobre las demás. Era la de Rodia.

-Oye, ¡Stylios! - El ruso le agarró la cara y la giró para que lo mirase a él, chasqueó los dedos y le dio un par de bofetadas para traerlo de vuelta a la realidad - ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Stylianos volvió finalmente en sí, miró a Rodia a los ojos y sacudió brevemente la cabeza ante la mirada de sus compañeros – Sí. Tranquilo, estoy bien.

-Lo siento, tío. No tendría que haberte enseñado eso…

-No te preocupes, no podías saberlo. - Stylios trató de restarle importancia y tomó asiento. Miró por la ventana pero, por alguna razón, esta vez la visión no le sorprendió: tres cuervos posados en la reja del instituto, devolviéndole fijamente la mirada.

Momentos después, la señorita Brown hizo acto de presencia y el orden volvió a reinar en el aula durante las horas que precedieron al descanso.

Al sonar la alarma, Stylios se levantó y se dirigió hacia Thais con la intención de presentarse, al fin y al cabo, era la única compatriota que tenía allí. Sin embargo, Reyhan se le adelantó. Las dos chicas salieron juntas charlando alegremente, dejándolo atrás.

-Sí, esas dos son uña y carne – observó Rodia – Una turca y una griega. Qué ironía, ¿no?

-¿En serio? ¿Por qué me parece que no pegan nada?

Rodia se echó a reír – ¡Porque no se parecen en nada! Creo que por eso son tan amigas, de alguna forma se complementan. - Era evidente que Reyhan los había hecho olvidar todos sus comentarios acerca de Thais – Oye, ya que hoy no tengo que ir al despacho de la señorita Brown, ¿te apetece echar un partido de fútbol? Y te presento a los colegas con los que juego.

-De acuerdo, aunque soy malísimo.

-¡Qué más da! Ya marco yo por ti – Rodia le guiñó un ojo y ambos salieron a la pista de fútbol. Al lado estaban las de baloncesto, donde Stylios pudo ver a Wade solo, practicando entradas a canasta.

-Oye, ¿y si le decimos que se venga con nosotros? - Preguntó Stylios a Rodia, que se encogió de hombros.

-Si quieres, inténtalo. Yo te espero aquí mientras hacemos los equipos.

Stylios marchó hacia la cancha aledaña y, tras aclararse la garganta, se dirigió a Wade, más dubitativo que amistoso.

-¡Hola!

-Hola – respondió Wade sin mirarlo, demasiado ocupado con lo que estaba haciendo.

-Te he visto aquí solo y me preguntaba si querrías jugar al fútbol con nosotros. Nos vendría bien uno más.

-Anda, no inventes, que sois un número par – y lanzó un tiro que entró sin tocar el aro.

Stylios se quedó un momento perplejo. ¿Cómo podía saber eso, si ni siquiera los había mirado? - Bueno, pero yo soy muy malo, contigo podríamos compensar…

-No me trates de tonto, chaval. Ve tú con ellos, a mí no me interesa – y realizó una entrada, volviendo a encestar.

Stylios se dio por vencido ante la sequedad de su compañero, y volvió con Rodia y los demás, sintiéndose un poco estúpido por el escarmiento.

-Te dije que pasaba de todo. Venga, tú vas en mi equipo. Estarás de defensa.



Esa tarde, Stylios estaba en su casa, buscando información para su trabajo sobre la guerra del Egeo, cuando recibió un mensaje de texto. Era de Thais:

-¡Hola, chico nuevo! Supongo que estarás un poco perdido, al haberte incorporado a mitad de curso. Si quieres te puedo pasar mis apuntes, que te vendrán muy bien.

Stylios esbozó una sonrisa y se apresuró a responder:

-Claro, te lo agradecería mucho. ¿Me los dejas mañana en clase?

La contestación no se hizo esperar.

-Mañana no voy a clase, sólo tengo cuatro asignaturas, y los miércoles no damos ninguna. Si te viene bien, te puedes pasar por mi casa.

Y adjuntó la ubicación. Vivía a un kilómetro de Stylios.

-De acuerdo, ¿te importa si me paso ahora? No quiero que se me haga de noche.

-Sin problema, ¡aquí te espero!


Stylios guardó el progreso del trabajo en su portátil, cogió su mochila y salió de casa. Al llegar a la ubicación se encontró ante un edificio de cinco plantas, con la fachada verde. Se trataba de una construcción sencilla y descuidada, uno de estos bloques sin ninguna pretensión estética, donde todos los pisos son iguales. El chico llamó al 4ºA y la puerta del rellano se abrió. No había ascensor, las escaleras eran angostas y los pasamanos, de madera, lucían un desagradable brillo grasiento. La pintura de las paredes estaba ennegrecida por la parte más cercana al suelo, atestiguando el paso de cientos de personas y perros a lo largo de los años. Esta negrura era menos evidente con cada planta que ascendía, los escalones eran altos e irregulares, por lo que tuvo que subirlos de uno en uno, a pesar de que, normalmente, Stylios los subiera de dos en dos. Al llegar al cuarto, encontró la puerta ‘A’ abierta, así que se asomó, pero no vio a nadie.

-¿Hola?

-¡Cierra al entrar! - Oyó decir a Thais a lo lejos, en griego.

Stylios se sintió encantado de oír su idioma natal fuera de casa, estando tan lejos de su país. Obedeció y se adentró en la vivienda, tan modesta como sugería el propio edificio. El pasillo describía un ángulo obtuso, y había cuatro puertas a lo largo del mismo. La muchacha apareció saliendo de la segunda, con dos tazas humeantes en las manos.

-¿Un té? - ofreció.

-Eh, vale, ya que lo has preparado… - aceptó Stylios.

-Ven por aquí, perdona por el desorden – indicó Thais con una risilla, entrando en la siguiente puerta, que conducía a su habitación.

Stylios la siguió y pasó al dormitorio, más pequeño que el suyo. Más que una habitación, parecía otro pasillo, pues había que pasar de uno en uno. A la derecha estaba el armario , y la cama a continuación; al lado izquierdo, un pequeño escritorio y una silla. Ninguna ventana.

Thais dejó una taza en el escritorio y se sentó en la cama, dejando la silla para Stylios, que se sentó instintivamente en ella. Estaba un poco extrañado, pensaba que aquella visita sería fugaz, pero su anfitriona no parecía tener ninguna prisa. Palpó la taza para estimar la temperatura y la dejó allí, pues aún estaba demasiado caliente para beber. Sin saber muy bien cómo proceder, apretó los labios y miró a Thais, esperando a que ella hablara.

-¿Qué tal eso? - Preguntó ella, señalando las heridas de su cara - ¿Te duele mucho?

-¿Eh? Ah, esto. Bueno, según los gestos que haga, pero si no me toco es soportable. ¿Hoy no trabajas?

-No te caíste por las escaleras – declaró rotundamente la muchacha.

-¿Perdón? - Stylios alzó las cejas, aquello era lo último que esperaba oír.

-Esas heridas no son de una escalera, Stylios. Eso te lo ha hecho Reyhan.

-¿Pero qué dices? Si recuerdo perfectamente cómo me caí. Todo el mundo lo vio.

-Tú recuerdas lo que ella quiera… - añadió Thais en tono compasivo – Hace lo que quiere con los recuerdos de la gente, por eso siempre se sale con la suya.

-¿Me estás vacilando? – Stylios se echó a reír.

Thais negó con la cabeza, su expresión dejaba ver que hablaba totalmente en serio – Ten mucho cuidado con ella. Te aviso porque eres griego, y está claro que la ha tomado contigo.

-No entiendo nada, ¿qué mas da que sea griego?

Thais dio un sorbo al té y tomó aire.

-Ella es turca, y odia a los griegos. Hasta ahora se cebaba conmigo, pero ahora también estás tú.

-Pero, si hoy os he visto, y parecíais tan amigas…

-Bueno, es complicado.

Las preguntas comenzaban a agolparse en la cabeza de Stylios. Cada vez estaba más convencido de que su interlocutora estaba loca.

-A ver. Si se porta mal contigo, ¿por qué te juntas con ella? Y si te hace olvidar las cosas, ¿por qué lo sabes?

Thais suspiró, como si ya supiera que iba a preguntar eso – Lo sé porque alguien de confianza me lo dijo. Y me junto con ella porque me da pena…

-¿Pena? ¿Una tía “con superpoderes” que te hace bullying? Venga ya – Stylios se levantó para marcharse de allí, se sentía cada vez más incómodo y tenía la impresión de que Thais le estaba tomando el pelo.

-¡Espera!

Stylios se detuvo y miró a Thais alzando una ceja, sin ocultar su decepción. Ella le indicó que se sentara de nuevo – Está bien, te lo demostraré.

-Soy todo oídos – Murmuró él en tono sarcástico, volviendo a tomar asiento.

-No te muevas – Thais se inclinó hacia él y acercó la mano hacia su rostro. Puso dos dedos sobre la brecha de su frente, la más aparatosa de todas, y Stylios arrugó la cara invadido por un dolor agudo y ardiente. A continuación, Thais comenzó a tirar, y de la herida de Stylios brotó una especie de masa negra, que ella fue recogiendo en sus manos. A continuación la comprimió e hizo una bola con ella. Stylios sentía que estaba viviendo una pesadilla. Se echó hacia atrás con un gesto de espanto, mirando sucesivamente a las manos y a los ojos de Thais.

-¿Te duele ahora? – Preguntó ella en tono calmado.

Stylios se llevó instintivamente la mano a la herida. El relieve de la llaga seguía ahí, pero el dolor había desaparecido por completo. Al mirarse la mano, no había en ella restos de sangre ni de aquella horrible masa negra, que Thais seguía sosteniendo en sus manos.

-Este es tu dolor – añadió ella, mostrándole la bola que había amasado. Parecía blanda, como un pan sin hornear, pero la textura era brillante y gelatinosa, como una especie de alquitrán, grumoso y humeante. El vapor que emanaba de ella despedía un hedor nauseabundo que obligó a Stylios a taparse la nariz y la boca. Acto seguido, Thais dio un mordisco a la masa, y en cuestión de un minuto se la comió entera, ante la mirada atónita de su invitado.

-¿Qué… acaba de pasar? – Preguntó él con un leve temblor en el cuerpo, su cara era la viva imagen del horror.

-¿Me crees ahora?

-¿Te has… comido… mi dolor?

Thais asintió con la cabeza – Puedo extraer el dolor de las personas, pero si no me lo como, empieza a pudrirse muy rápido, y entonces lo padezco yo… Si te lo estás preguntando, sí, por eso estoy tan gorda – afirmó apesadumbrada, dejando escapar un suspiro.

Stylios poco a poco iba asimilando la conversación, y cuanto más se lo creía, más inverosímil le parecía todo. Finalmente tragó saliva y reunió el valor para volver a preguntar:

-Aparte de Reyhan y tú… ¿hay más personas especiales?

-Sólo uno, que yo sepa. Pero yo no nací con esta capacidad, puede que haya más gente por ahí… La verdad es que nadie habla de ello, y espero que tú me guardes el secreto…

Stylios asintió a esto último y recorrió a Thais con la mirada. Su grado de obesidad era tan desproporcionado que su cuerpo quedaría desfigurado para siempre. Aunque se sometiera a años de dieta y ejercicio, harían falta múltiples intervenciones quirúrgicas para devolver la firmeza a los pliegues de su piel. La visión era dramática para una joven de dieciocho años. Por más que lo intentaba, no podía comprender cómo una persona podía llegar a ese extremo de destruirse a sí misma.

-No sé cuánto tiempo llevas haciendo esto, pero tienes que parar ya.

-Lo intento, pero no puedo…

-¿Es que te duele algo? ¿Te comes tu propio dolor?

-No es eso, Stylios.

-¿Tan bien sabe? Porque no tiene muy buena pinta… – la indignación se iba apoderando de él.

-El sabor es asqueroso.

-¿Y por qué lo haces, entonces?

-Ya te lo he dicho, ¡porque Reyhan me da mucha pena!

-¿Estás así por Reyhan? – Stylios no daba crédito a sus oídos.

-No sólo puedo aliviar el dolor físico… Ella me necesita…

-¿Pero tú te has visto? Y ni siquiera tienes familia, ¿¡quién te ayuda a ti!?

En la habitación se hizo un silencio sepulcral. Thais sostuvo la mirada de Stylios conteniendo cualquier muestra de emoción, pero no pudo evitar un leve temblor en la barbilla, y sus ojos se volvieron vidriosos. Stylios enrojeció inundado por un profundo sentimiento de vergüenza y culpa.

-Lo siento, no pretendía... - Thais no lo dejó continuar.

-Por favor, ten cuidado con Reyhan, y sobre todo, no dejes que descubra lo que te he contado. ¿Puedo confiar en ti? 

-Está bien - respondió él, con un resoplido de impotencia.

-Gracias…

A continuación, Thais se levantó, sacó de un cajón de su escritorio un taco de folios usados y los depositó sobre la mesa – Aquí tienes mis apuntes – y le dedicó una cálida sonrisa – Puedes irte si quieres.

Stylios observó los apuntes y luego a ella, y finalmente negó con la cabeza, devolviéndole tímidamente el gesto.

-No, me quedaré a tomarme el té.


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