-¡Suéltala! ¡¡Suéltala!! - Stylianos se agarró al soldado y comenzó a golpear el brazo con el que atenazaba a la pequeña, tratando inútilmente de hacerlo ceder, pero antes de que pudiera lograrlo, otros dos fuertes brazos rodearon su cuerpo desde atrás y lo elevaron con violencia del suelo, dejándolo indefenso.
-¡¡Stylios!!
El chico giró el cuello y vio a su padre en el suelo boca abajo. Otro soldado lo había reducido y apoyaba la rodilla en su espalda. Jamás los ojos del señor Aslanidis habían arrojado una mirada tan desesperada.
Los gritos de sus familiares apenas podían oírse entre las miles de personas que corrían despavoridas en todas direcciones, huyendo de las llamas. Sin embargo, en medio del frenesí, Stylios pudo vislumbrar a su madre por una fracción de segundo, siendo apresada por otro militar. Por sus mejillas corrían dos ríos salados mientras su garganta se desgarraba gritando el nombre de su hija. Por un instante, aquello fue lo único que los oídos de Stylios pudieron captar:
-¡¡Eeeriiis!!
El chico, que hacía ímprobos esfuerzos por liberarse de los brazos que lo llevaban en volandas, dirigió de nuevo la vista hacia su hermana. Lo último que vio de ella fue cómo se deshacía en un llanto de terror mientras el soldado desaparecía con ella entre la muchedumbre.
¡DING DONG!
Stylios abrió los ojos y la luz del sol le dio la bienvenida a la realidad. El calor sofocante y la saciedad del almuerzo lo habían hecho caer en un profundo sueño. Aún podía sentir los efectos del jet lag, pero la siesta le había sentado bien a su cuerpo. Su mente era otra historia, pues la pesadilla seguía repitiéndose, pero esta vez había revelado un detalle nuevo. Stylianos se levantó de un salto y bajó corriendo las escaleras para compartirlo con sus padres, olvidando que había sido el timbre lo que lo había despertado, pero éste volvió a sonar. El muchacho abrió la puerta y encontró a Rodia al otro lado.
-¿Vamos? - Dijo el ruso.
-¿Ir a dónde?
-¿No has leído el grupo de WhatsApp? Hemos quedado a las seis en casa de Leah para empezar con el trabajo en grupo.
-¿Ah, sí? Perdona, estaba durmiendo…
-¡Buenas horas para dormir! Anda, coge tus cosas y nos vamos, ¡te espero aquí!
Stylios subió las escaleras a regañadientes, importunado por tener que aplazar la conversación familiar. Cogió su mochila, se puso sus zapatillas y salió con Rodia, que lo guió hasta una puerta de chapa blanca flanqueada por dos muros de setos. Al llamar al telefonillo, Leah los reconoció por la cámara y la cancela se abrió, dándoles paso a un camino de losas de pizarra incrustadas en un césped recién cortado, que conducían a la entrada del chalet, haciendo juego con el tejado. Se trataba de una casa de generosas dimensiones, rodeada por un pequeño jardín con una piscina en forma de alubia. A un lado de la vivienda sobresalía un porche para dar cobijo a dos automóviles que brillaban como espejos. Las ventanas de la casa eran grandes, y lucían palillería y marcos blancos, del mismo color que las cornisas, aristas y puertas. La fachada era de un tono beige pastel, que le confería una apariencia inocente y armoniosa. Tenía exactamente el aspecto que habría imaginado cualquiera al ver a la muchacha que allí vivía.
La puerta principal se abrió y Leah hizo su aparición luciendo una espléndida sonrisa.
-¡Bienvenidos, chicos! Adelante, estáis en vuestra casa.
-Ya me gustaría… - bromeó Rodia en voz baja.
Stylios miró a su alrededor, fascinado. El olor a césped recién cortado, la sombra de los setos y el rumor acuático de los chorros de la piscina fueron un bálsamo para sus ánimos. Las gotas de agua que reposaban sobre las briznas de hierba refrescaban el aire que rozaba su piel, y su fascinación sólo aumentó al adentrarse en el chalet. Fue recibido por una suave mezcla de fragancias: el ambientador se insinuaba modestamente por debajo del perfume de Leah, pero ante todo reinaba un inconfundible olor a limpio.
Al cruzar el recibidor atravesaron el salón, donde la distribución del espacio creaba juegos de luces en los que los muebles, de madera de cerezo, parecían comunicarse con las cortinas, que combinaban con los cojines y el papel pintado de la pared. Diversas plantas de interior se pronunciaban aquí y allá, limpiando el aire de la estancia mientras la chimenea esperaba pacientemente a los meses de invierno, y el suelo brillaba con luz propia.
Stylianos se sintió abrumado por el impecable estado de la casa, parecía haberse introducido en el decorado de una película, o en las fotos de una revista. Leah los condujo hasta una doble puerta corredera, y al abrirla se les reveló una pequeña biblioteca con una mesa circular, donde Wade y Reyhan los esperaban sentados. Leah se adelantó a ellos desempeñando su papel de anfitriona.
-Chicos, tomad asiento donde queráis – y se dirigió al griego, sin perder la sonrisa – Stylios, ¿verdad?
-Sí.
-Muy bien, mi nombre es Leah Williams, y ellos son Reyhan Akar, y Wade Ross. ¡Encantada de conocerte! - Y estrechó su mano efusivamente.
-Un placer – Reyhan le guiñó un ojo con una media sonrisa.
Stylios saludó a Reyhan, a quien había reconocido esa mañana en clase, aunque aún no supiera su nombre, y también a Wade, cuya presencia no había notado antes.
Se trataba de un chico un palmo más bajo que él, de raza negra y rasgos afilados. Su atuendo era sencillo: una camiseta gris, algo holgada, y bermudas vaqueras, pero saltaba a la vista que debajo de aquella ropa se escondía un cuerpo tremendamente atlético, fruto de años de entrenamiento. Llevaba un piercing en la oreja en forma de dado y el pelo teñido de rubio. Su expresión no dejaba ver lo que pensaba o sentía, se limitó a mirar a Stylios y hacer un gesto con la cabeza, sin demasiada amistad, pero sin hostilidad.
- Bueno, ya que estamos todos, ¿qué os apetece tomar? - ofreció Leah – Hay refrescos, zumos, infusiones...
-No hace falta que te molestes… - empezó Stylios, que no estaba acostumbrado a tanta hospitalidad.
-No digas bobadas, ¡no pretenderás pasar aquí la tarde con la boca seca! - replicó alegremente Leah.
-Bueno, pues un poco de agua…
-Yo agua también – añadió Rodia.
-Yo un té negro, sin azúcar – ordenó Reyhan. Leah respondió con un gesto de curiosidad y aprobación, contenta de poder servir algo más que simple agua.
-El agua está bien – Wade fue el último en pronunciarse.
-Qué modestos sois – refunfuñó Leah, y luego volvió a su tono amistoso – de acuerdo, ¡vuelvo en un momento! - acto seguido dio media vuelta y marchó hacia la cocina.
-¿Thais no viene? - preguntó Stylios.
-Qué va, tiene curro esta tarde – replicó Reyhan, recostándose sobre el respaldo de la silla.
-¿Trabaja y se saca el bachillerato a la vez?
-Sí, ella repitió curso, ya es mayor de edad – explicó Rodia – Sólo tiene cuatro asignaturas este año.
-Pero ¿y sus padres?
-¿Qué padres? - Apostilló Reyhan en tono sarcástico.
-Thais vive sola. Toda su familia murió en un bombardeo y se gastó sus ahorros en venir aquí, por eso tiene que compaginar los estudios y el trabajo para subsistir. - El tono de Rodia era distinto al habitual. Por una vez perdió su típica jovialidad para adoptar un carácter mucho más solemne, mostrando un profundo respeto a su historia.
-… y aun así no pierde un kilo.
Reyhan fue la única en reírse de su propio comentario, pero los chicos no tuvieron tiempo para responder, pues Leah volvió a aparecer en la estancia con una gran bandeja. La dejó en la mesa y entregó la humeante taza de té a Reyhan, para después repartir vasos a los demás. En la bandeja había además tres grandes jarras con agua: una sin nada más, otra con rodajas de limón y la última con rodajas de pepino. Para ella misma trajo un zumo de frutas y, acompañando, una fuente de dulces y aperitivos diversos para pasar la tarde. En la mesa aún sobraba espacio para los ordenadores y apuntes de todos. Para entonces, sus invitados ya habían olvidado el comentario de Reyhan.
Una vez servido todo, Leah sacó el ordenador de su maletín y lo desplegó sobre la mesa para empezar el trabajo.
-Bueno, chicos, ¡manos a la obra!
-¡Ya estoy en casa! - Stylios cerró la puerta tras de sí, dejando atrás los últimos coletazos del crepúsculo. Encontró a sus padres sentados en el sofá, viendo la tele con cara de preocupación. El telediario mostraba las novedades sobre la guerra del Egeo.
-Han vuelto a bombardear Atenas. Nuestro barrio ha quedado reducido a escombros… - se lamentó Danae, con un leve temblor en el mentón.
-Mamá… Hay algo de lo que me gustaría hablaros.
-¿Qué pasa, hijo? - Petros apagó el televisor para prestar atención a Stylios, animando a su esposa a hacer lo mismo.
-Eris.
A Danae le corrió un escalofrío por la espalda.
-La niña que aparece en mis sueños, se llama Eris. ¡Es mi hermana!
-Stylios, ¿qué estás diciendo?… Danae miró a su hijo con gesto afligido, como pidiéndole clemencia, más que explicaciones.
-Mamá, el día que cayó el avión había una niña con nosotros. Era mi hermana, y se llamaba Eris, Eris Aslanidis. Se la llevó un soldado, y a nosotros nos llevaron también.
-Hijo, eso es imposible, ¡tú eres el único que hemos tenido! - El señor Aslanidis observaba al chico con impotencia. Jamás había oído hablar de aquella niña, salvo las veces que su vástago le contaba sus sueños. Tampoco recordaba haber presenciado el accidente, ni mucho menos haber sido arrestado.
-Cariño, la guerra nos ha marcado a todos, pero ¿no crees que ya va siendo hora de dejar todo esto atrás y hacer nuestra nueva vida aquí, en el mundo real? - Danae trataba de negociar, pues tampoco recordaba nada, pero cada vez que Stylianos hablaba de su sueño, sentía un terremoto en su interior que la resquebrajaba como un edificio antiguo.
-¡No! ¡Estoy seguro de que es real! Si no, ¿por qué sueño lo mismo todos los días? ¿Por qué somos los únicos que no recordamos lo que estábamos haciendo ese día?
-Hijo, si lo necesitas, podemos llevarte a terapia, seguro que con la ayuda de un profesional… - la mente de Petros, siempre optimista, se esmeraba en buscar soluciones.
-¡No necesito terapia! ¡Necesito recuperar a mi hermana!
-Stylios, por favor… - suplicó Danae.
-¡¡Dejad de tomarme por loco!!
SSSSSSHHHHHHHH
Un alarmante siseo se cobró inmediatamente la atención de los tres, y al girarse, sus caras pasaron de la sorpresa al pánico. Una cobra de más de un metro de longitud había entrado por el pasillo y se erguía hacia los padres de Stylios, mostrando sus colmillos amenazante, con el cuello hinchado. El muchacho se quedó inmóvil observando al animal, que se deslizó lentamente hasta situarse delante de él, dándole la espalda y enroscando su cuerpo en posición de ataque.
-No os mováis… - el señor Aslanidis se levantó lentamente del sofá y trató de buscar un palo o algún objeto que le pudiera servir para atrapar al reptil. Finalmente se decantó por el mantel , que retiró de la mesa con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco mientras la serpiente mantenía sus ojos clavados fijamente en él.
Stylios se mantuvo estático, tratando de controlar su respiración, y poco a poco su agitación fue disminuyendo. El animal se comportaba de forma extraña, interponiéndose entre él y sus padres como si tratara de defenderlo. Finalmente, cuando Petros se encontraba a apenas dos pasos de la cobra, ésta cerró la boca, replegó de nuevo su cuello y reptó velozmente hacia el hombre, pasando entre sus piernas y abandonando finalmente la vivienda por la puerta de atrás.
Los tres miembros de la familia se miraron en silencio, pasto del estupor más absoluto, hasta que el hijo se animó a hablar.
-Creo que ya puedes volver a poner el mantel...
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