El
olor del alcohol llamó a Stylios a la consciencia como un lejano
susurro; sin embargo, fue una oleada de profundo, ardiente y
palpitante escozor lo que lo trajo definitivamente de vuelta a la
realidad. Al
abrir los ojos se encontró frente a frente con un hombre grueso, de espeso
bigote, que aplicaba alcohol a su labio inferior con un
algodón, vistiendo guantes
de látex. La disposición y el olor de la estancia eran las propias de
un centro sanitario, pero aquello no parecía un hospital.
-¡Buenos días, bella durmiente! – Exclamó el hombre en un tono jocoso y alegre. Pese a lo rudo de su aspecto, era delicado en sus atenciones. Stylios agradeció la actitud de aquel hombre, pues hacía ver que el incidente, de alguna forma, no había sido tan grave.
-¿Dónde estoy? – Se decidió a preguntar, con un gesto amargo; la vuelta a la consciencia había le había devuelto también el dolor de sus traumatismos, que sentía arder por toda su cara.
-Me gustaría decirte que en una hamaca en la playa, pero de momento te tendrás que conformar con una camilla en la enfermería del instituto. Si te sirve de consuelo, sigues siendo la envidia de tu clase. Tus compañeros están haciendo un examen de física ahora mismo. – El sanitario hablaba alegremente mientras desinfectaba las aparatosas heridas del joven como si fueran meros rasguños.
-¿Física? – Preguntó Stylios, tratando de estimar el tiempo que había permanecido inconsciente.
-Sí, has estado fuera de juego unos cinco minutos -replicó el paramédico, como si hubiera leído su pensamiento – pero no tengas prisa, que te queda rato aquí.
-¿Cinco minutos? Pero si acababa de salir al recreo… – Stylios pensaba en voz alta, visiblemente contrariado. Aunque la clase acabara de empezar, el descanso duraba media hora.
-No, chaval, debes de estar algo aturdido... No te culpo, ¿eh? ¡Menudo cuadro estás hecho!
-¿Quién era esa chica? – Stylios desistió del tema asaltado por esta pregunta. La mirada de la agresora había quedado grabada a fuego en su memoria.
-¿Qué chica? – El sanitario arqueó una ceja sin mirar al muchacho a los ojos, mientras valoraba el trabajo realizado en las diversas heridas de su cara. – Habrá que poner algunos puntos...
-Pues la que me ha pegado, ¿cuál va a ser? – El desconcierto se acrecentaba en el joven, que empezaba a perder la paciencia.
El señor, que se había levantado para reunir los materiales con los que realizar la sutura, se detuvo y se giró hacia él con una expresión grave, totalmente distinta a la que había mostrado hasta ese punto. Se acercó a Stylios y palpó su frente, evitando la brecha, como quien trata de detectar fiebre.
-¿Te encuentras bien, chico? ¿De qué estás hablando?
Stylios inhaló profundamente y exhaló despacio antes de responder. Estaba cada vez más convencido de que aquel hombre se estaba burlando de él.
-Estoy aquí porque una compañera me ha agredido en el patio, lo ha visto todo el mundo. ¿Quién era esa chica?
El paramédico se sentó de nuevo y se aproximó a Stylios escudriñando sus ojos y sus gestos, como buscando indicios de un delirio.
-Chaval, estás aquí porque ibas andando con el móvil y te has caído de bruces por las escaleras… Eso es lo que ha visto todo el mundo. De hecho, te he recogido allí.
Stylios se quedó helado, no daba crédito a lo que estaba oyendo. Aquel hombre parecía hablar totalmente en serio; de hecho, no se le ocurría ningún motivo por el que pudiera tener intención de burlarse de él, y sus gestos no parecían fingidos en absoluto. Sin embargo, él recordaba perfectamente lo que había sucedido. Pudo sentir cómo la agitación crecía en su interior y su cerebro se afanó en buscar una prueba que demostrara lo que decía. Se echó la mano al bolsillo, pero su teléfono no estaba allí.
-¿Dónde está mi móvil? Si lo tenía en la mano y me caí por las escaleras, algo le habrá pasado, ¿no?
El paramédico extendió el brazo al lado de Stylios y cogió el dispositivo, que estaba sobre la mesa, fuera de su campo visual. Al mostrárselo pudo ver cómo la cara del muchacho se contorsionaba en una mueca de horror. La pantalla, efectivamente, estaba partida. El chico cogió el teléfono con ambas manos, lo desbloqueó y comprobó que funcionaba correctamente, pero la pantalla se había quebrado, tal como cabría esperar. Entonces cayó en la cuenta de que aquello no demostraba nada. Al fin y al cabo, cuando la muchacha lo derribó, él tenía el móvil en la mano, de modo que podría haberse roto igualmente.
Stylios miró al sanitario desesperado, buscando en sus ojos un mínimo indicio de comprensión.
-¿Recuerdas cómo era la chica? – El hombre formuló la pregunta en un tono compasivo y pesaroso, permitiendo que se explicara, aunque más interesado en valorar la extensión del daño que había sufrido.
-¡Sí! Era morena de piel, con los ojos muy claros, y el pelo rojizo oscuro. Creo que está en mi clase… – No lo creía, estaba seguro. Su cara le había llamado la atención cuando la señorita Brown lo presentó ante sus compañeros.
-¿Reyhan? Pero si ni siquiera estaba cuando fui a recogerte… Aunque, claro, ya estaban volviendo todos a clase. Tendré que hablar con tu tutora.
Stylios desbloqueó el móvil de nuevo y abrió WhatsApp para ver los nombres de sus compañeros de trabajo: Rodia, Thais, Leah, Wade… y Reyhan. El corazón le dio un vuelco.
-No. Acabo de llegar, no quiero follones con los profesores… Hablaré directamente con Reyhan.
-Será lo mejor, chaval. Desde luego, buen golpe te has dado… Anda acuéstate, tengo que darte algunos puntos.
Ambos se sintieron aliviados de abandonar la conversación y se limitaron a guardar silencio hasta que el paramédico acabó de hacer su trabajo. Se despidieron con la cordialidad fingida de quien se quita un peso de encima, y Stylios salió de la enfermería, aún tratando de comprender lo que estaba sucediendo.
Fue a sentarse en un banco para esperar al cambio de clase, pues aún quedaban diez minutos, cuando sintió un hormigueo en su pantorrilla derecha. Un instante después pudo observar cómo una enorme araña salía del interior de su pantalón descendiendo por su tobillo para pasearse por su zapato lentamente, como si fuera la rama de un árbol. Stylios se levantó de un salto sacudiendo la pierna para deshacerse de la criatura, que salió despedida y al aterrizar corrió a esconderse en un rincón.
-Maldito bicho, ¿cómo ha llegado hasta ahí?
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Cuando sonó la sirena, volvió a entrar en el aula, donde el típico murmullo posterior a un examen dio paso a un aluvión de miradas curiosas. La única que se mostraba indiferente era Reyhan, que más bien parecía importunada por la interrupción.
-¡Vaya, eso sí que es empezar con mal pie! – Exclamó Rodia rodeando el cuello de Stylios con el brazo – ¿Estás bien, tío? Hay que ir con más cuidado…
-Estoy bien, gracias – musitó Stylios dirigiéndose a su asiento con la mirada fija en Reyhan, que seguía haciendo como si él no estuviera allí.
Efectivamente, todo el mundo parecía coincidir con la versión del sanitario. ¿Sería posible que se lo hubiera imaginado? Si se había caído por las escaleras, ¿cómo podía tener tantas heridas en la cara y casi ninguna contusión en el cuerpo?
Al acabar las clases, Rodia acudió al pupitre de Stylios, que aún estaba recogiendo sus libros.
-Nos volvemos juntos, ¿no? Que para una vez que te pierdo de vista… – y se tocó la frente en el lugar donde Stylios tenía la brecha.
-Claro, pero antes me gustaría hablar un momento con Reyhan.
-¿Con Reyhan? - Rodia hizo una mueca como si aquello fuera lo más extraño del mundo.
-¿Te importa que te lo robe un momento? – Una tercera voz se unió a la conversación. Era ella, poniendo la mano en el hombro de Rodia para que le cediera el paso – Es más, puedes irte a casa, no quiero tenerte ahí esperando.
Reyhan se dirigía a Rodia, pero su mirada estaba puesta en Stylios, saltando curiosa de una lesión a otra. Había cierta fascinación en ella, los hilos negros que mantenían las llagas cerradas, y el tono amarillento del yodo, destacaban especialmente sobre la tez pálida y mortecina del chico.
Rodia dio un paso atrás frunciendo el ceño, notablemente extrañado, y dedicó una mirada de desconcierto a Stylios, como preguntando si había algún problema. Él le respondió con un gesto tranquilizador y el ruso finalmente se fue sin añadir nada más. Stylios acabó de recoger sus libros y, cargando su mochila al hombro, se levantó y salió de clase acompañado por la muchacha, que rompió el silencio mientras ambos fluían con la multitud.
-Bonitas heridas, ¿cómo te las has hecho?
Stylios
la miró con una expresión de desconfianza, de nuevo sentía que se
estaban burlando de él.
-Dicen que me caí por las escaleras, pero yo recuerdo otra cosa.
Reyhan se echó a reír – ¿Qué cosa? ¿Te ha pegado una chica? – definitivamente estaba disfrutando con aquella situación.
-Mira, no sé lo que está pasando, pero tú lo sabes, y más vale que me lo expliques.
-¿O qué, pringao? - Reyhan alzó una ceja, mirándolo de reojo sin inmutarse – No te preocupes, que yo te lo explico, aunque también se te va a olvidar…
-Eso ya lo veremos. Venga, cuenta.
-En todo caso lo veré yo. La gente recuerda lo que yo quiero que recuerde.
-¿Ah, sí? Entonces ¿por qué yo recuerdo perfectamente lo que ha pasado?
Reyhan se encogió de hombros – Me pareció divertido que te pasaras la mañana rallado, pero haré que lo olvides para que no me des mucho el coñazo.
-Ya, claro, ahora tienes poderes, ¿no? – Stylios esbozó una sonrisa burlona – Si tan increíble eres, ¿qué haces viniendo a clase igual que todos los demás, en vez de hacerte rica y vivir la vida?
-El dinero nunca ha sido un problema, bastante fácil me parece ya todo… Vengo aquí para no aburrirme. Se supone que la vida es difícil, y no quiero perder el contacto con la realidad. Aquí me siento “normal” - dijo esto haciendo unas comillas en el aire.
- A mí no me pareces nada especial. ¿De verdad pretendes que me trague eso?
-Ah… – Reyhan suspiró y se llevó la mano a la cara – De acuerdo, te haré una demostración. Señala a una persona, la que te dé la gana.
Stylios miró a Reyhan extrañado, pero pronto aceptó el reto y señaló a Thais con el dedo, que caminaba delante de ellos. Reyhan tomó aire.
-¡Tú, vaca marina! ¿Por qué no te mueres ya, gorda de mierda?
Thais se giró hacia Reyhan, pero su expresión era todo lo contrario de lo que Stylios habría esperado.
-Muchas gracias, ¡tú también lo llevas muy bonito!
Acto seguido, Thais volvió dar media vuelta y reanudó la marcha como si su función hubiera terminado. A Stylios se le encogió el estómago y comenzó a sentirse mareado.
-¿Lo ves? – indicó Reyhan – Ella "recordaba" que yo le había dicho: ¡me encanta tu pelo hoy! Y luego lo ha olvidado todo y ha seguido con su vida. Es así de fácil…
-No puede ser… – la respiración de Stylios comenzó a agitarse mientras trataba de comprender el absurdo – Es una broma, ¿verdad? ¿Estáis todos compinchados? ¿Me estáis gastando una novatada?
Reyhan se echó a reír de nuevo.
-Vaya tela, chaval, encima de feo eres tonto. ¿A ti, eso que tienes en la cara, te parece una novatada?
Stylios se tocó instintivamente la brecha de la frente, que aún le dolía. Su desesperación iba creciendo por momentos.
-Pero ¿qué problema tienes conmigo? Acabo de llegar, ¡no me conoces de nada!
-No te creas tan importante, mierdecilla. Mi problema es con todo tu país: yo soy turca, pero hasta hace unos años vivía en Atenas con mis padres. Un día llegué de clase y no los encontré. Los llamé al móvil, pero nada. Me enteré por las noticias de que los habían asesinado en la calle, unas ratas como tú. Les robaron el dinero y los teléfonos, por eso los servicios de emergencia no pudieron localizarme. Tuve que llevarme a mi abuela del país; ahora vivo aquí, cuidando de ella. Es la única familia que me queda y necesita ayuda hasta para ir al baño, la mayoría de los días ni siquiera sabe quién soy, a menos que yo le "refresque la memoria". Me habéis jodido la vida, y por eso os odio a todos. Odio a Thais, te odio a ti, y no te voy a dar un respiro mientras vivas, igual que hago con ella.
Stylios la escuchó con atención, pero lejos de aumentar, su miedo fue disminuyendo, a pesar de las amenazas.
-Mira, siento mucho lo de tus padres… – Reyhan lo interrumpió.
-¡No necesito tu compasión, imbécil!
-… pero Thais y yo no tenemos la culpa de nada. – Stylios prosiguió con calma, como si no la hubiera oído. Mientras lo hacía fijó sus ojos en los de ella, asegurándose de no parpadear para no perder ni un detalle – Desahogarte con nosotros no te los va a devolver. Te estarás convirtiendo en lo mismo que odias, y si nos haces olvidar para que no podamos responderte, entonces serás aún peor: a demás de abusona, cobarde.
Las pupilas de Reyhan se fueron contrayendo hasta convertirse en dos puntos diminutos en medio de dos clarísimos lagos grisáceos. Su mirada era dura e intimidante, como la de un tigre rabioso, pero pronto esa rabia se transformó en una cascada de frialdad, y sus pupilas volvieron a crecer.
-Ninguna rata me va a dar lecciones.
-¡Dios mío! Hijo, ¿qué te ha pasado? -Danae corrió hacia Stylios para sostener su cara con ambas manos, observando con espanto sus heridas.
-Nada, mamá, me he caído por las escaleras.
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