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-Stylianos Aslanidis! Se puede saber qué haces todavía en la cama? ¡Venga, arriba, no querrás llegar tarde a tu primer día de clase!

El chico se encogió como un gusano de seda, cerrando los ojos con más fuerza para protegerse del fogonazo cuando su madre encendió la luz, desbaratado su sueño como un elefante en una cacharrería.

-Pero si el curso va ya por la mitad... - refunfuñó mientras se incorporaba para disuadir a su madre, que salió satisfecha de la habitación.

-Date prisa, anda, que se te enfría el desayuno...

Stylios se tomó un momento para volver por completo a la realidad. Su madre había interrumpido uno de esos intensos sueños, cada vez más frecuentes, que no alcanzaba a comprender. Apagó la luz y subió la persiana para dar paso a los rayos del sol. La visión al otro lado del cristal lo obligó a frotarse los ojos y mirar de nuevo. Algo le devolvía la mirada desde el árbol frente a su casa, como si hubiera estado esperándolo toda la noche. Sí, definitivamente era real. Aquella figura era de un negro tan profundo que el brillo de sus ojos casi podía palparse, pero en la cabeza de Stylios la pregunta era obligada:

- ¿Desde cuándo demonios hay cuervos en Nueva Zelanda?

El muchacho echó una ojeada a la habitación, prácticamente vacía salvo por un desvencijado escritorio, un armario empotrado al que le faltaba una estantería, una mochila y dos maletas, aún sin deshacer del todo. Se levantó, se vistió con lo primero que encontró en la maleta y fue a lavarse la cara. Tenía la costumbre de mirarse al espejo en silencio como preparación para lo que pudiera depararle el día, y aquella para él no era distinta a cualquier otra jornada. 

Contempló por unos segundos sus pequeños ojos negros, de mirada penetrante, que contrastaban con la palidez casi enfermiza de su piel y el rubio pajizo de la maraña ensortijada que coronaba su cabeza. Su nariz y dientes seguían tan torcidos como siempre, su labio superior igual de partido. Sus orejas, una más alta que la otra, seguían asomándose a buscar la atención de todo el mundo y ninguna de sus pecas se había marchado de su sitio. Los huesos de su cara y cuerpo destacaban de forma tan prominente que podrían calificarse como arma blanca y su elevada estatura no contribuía a ocultar la fragilidad de su aspecto. Sin embargo, Stylios se obstinaba en andar erguido. A sus diecisiete años, ya había aprendido a convivir con su fealdad y las burlas recibidas en el pasado sólo habían servido para fortalecer su carácter. Después de su ritual matutino bajó las escaleras de la diminuta vivienda para desayunar con sus padres.

-Oh, mira qué agujeros, tenemos que ir a comprarte ropa nueva- exclamó su madre. 

-No te preocupes, está bien así - respondió Stylios, con la cabeza más puesta en recordar su sueño que en el aspecto de su ropa.

- Vamos Danae, dale un respiro al chaval. Si ahora se compran la ropa rota, ¡va a la última moda! -el empeño del señor Aslanidis por ver el lado positivo a todo siempre había rallado en el ridículo- Ya compraremos cuando empecemos a cobrar... Todo bien, Stylios? - la mirada perdida del joven había llamado la atención de su padre. 

- Sí, no es nada - respondió volviendo a la realidad y apurando el desayuno.

- Ya. - El señor Aslanidis guardó silencio por un momento mientras parecía leer a su hijo - Has vuelto a tener ese sueño, ¿verdad? 

- ¡Petros, deja ya el tema! - Danae saltó como un resorte. Era la clase de persona que apreciaba la sencillez y tenía problemas para gestionar las conversaciones incómodas. Stylios intercambió una mirada afirmativa con su padre y se levantó para darles un beso antes de partir hacia el instituto. 

- Que tengáis un buen día. 

- Tú también, cielo...

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¡Hey! - una voz interrumpió los pensamientos de Stylios mientras caminaba hacia el instituto. Al girarse descubrió a un muchacho tan alto y delgado como él, pero algo mejor vestido y bastante más agraciado. Sus ojos azules se contraían como es propio de una sonrisa sincera al tiempo que le tendía la mano.

- Rodia Kolzov, tú eres el nuevo, ¿verdad? - su acento ruso era tan revelador como su nombre. Stylios estrechó su mano asintiendo, le sobresaltó la fuerza del apretón, aunque su cara no hacía ver que estuviera haciendo un esfuerzo.

- Eso parece – dijo sacudiendo disimuladamente su mano, dolida por el estrujón. 
-Stylianos Aslanidis, pero mejor llámame Stylios. 

-¿Stylios eh? ¿Tú también vienes de Grecia? 

-¿Cómo que también? Tú eres ruso, ¿no?
 
-Sí - replicó Rodia con una risotada- Pero no eres el primer griego que viene desde que empezó... Ya sabes...

-¿La guerra? Sí, supongo que es lo normal.

-Bueno, aquí estamos en paz - Rodia le guiñó un ojo en señal de apoyo - Este país te va a gustar, ya verás.

Los chicos se unieron a la masa que fluía hacia la entrada del instituto y se dirigieron al aula para tomar sus asientos. Stylios aún no se había instalado en el único pupitre vacío cuando entró la profesora, creando el silencio en el aula. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, de corta estatura y silueta más bien rechoncha. Sus movimientos eran enérgicos y decididos, y hacía gala de una elegancia natural que le había granjeado el respeto de sus alumnos.

-Buenos días, chicos. Como ya sabéis, hoy tenemos una nueva incorporación en clase.

La mujer hizo un gesto a Stylios para que fuera con ella y él obedeció maquinalmente, quedando de pie frente a la clase sin saber muy bien qué hacer. El aula se llenó de un leve murmullo y algunas risas mientras seis decenas de ojos examinaban la escuálida figura, que hacía un cómico dúo con la silueta de la docente.


-Quiero que deis una cálida bienvenida a vuestro nuevo compañero. Su nombre es Stylianos Aslanidis.

- Stylios mejor, gracias - interrumpió el joven, algo abrumado por la atención.

- Stylios pues. Mi nombre es Amaia Brown, soy la profesora de historia y tutora de este grupo. Si necesitas algo, no dudes en consultarme y trataré de ayudarte en lo que pueda - y volvió a dirigirse a la clase.

- Al igual que Thais, él viene de Grecia.

Dijo esto indicando a una chica rubia sentada en la tercera fila. Tenía los ojos negros, igual que Stylianos, pero su cuerpo era todo lo contrario. Parecía la clase de persona que no puede dormir tumbada porque la grasa aplastaría sus pulmones. Su carne se derramaba a ambos lados de la silla de tal manera que hacía apreciar la solidez de su diseño. Sin embargo, a pesar de su evidente dificultad para respirar, su semblante transmitía una serenidad que reconfortó extrañamente al chico.

- Tenemos una clase muy diversa, así que quiero ver que seguís siendo un ejemplo de integración y civismo. Stylios, ¿quieres contarnos algo sobre ti? 

El muchacho enrojeció por esta nueva ola de atención y se limitó a negar con la cabeza. La tutora se encogió de hombros.

– De acuerdo, puedes volver a tu asiento. 

Mientras él obedecía la orden, la señora Brown prosiguió.

– Nos habíamos quedado por el tratado de Waitangi entre los maoríes y la corona británica, pero con motivo de la llegada de vuestro nuevo compañero, y dado que es un hecho histórico que estamos viviendo en la actualidad, hoy vamos a hablar de la guerra del Egeo. 

Una mano se alzó inmediatamente.

-¿Sí, Leah?

-¿De verdad le parece buena idea hablar de eso justo el día que llega una persona huyendo de esa misma guerra? Me parece de tener muy poca empatía.

La alumna en cuestión era una chica asiática que parecía recién salida de un salón de belleza. Su cabello impecablemente liso caía sobre sus hombros rozando un atuendo exquisito que conjuntaba a la perfección con sus zapatos, sus uñas de gel y el maletín donde portaba sus libros de texto. Sin duda estaba estrenando cada prenda que llevaba puesta, lucía un maquillaje profesional y hasta la tutora podía oler el perfume en el que se había bañado esa mañana. Todo este artificio no ayudaba mucho a aumentar su mediocre atractivo físico, pero era muy eficaz para atraer la atención. Sus gestos eran graciosos, pero no ocultaban su afán por destacar. No obstante, su comentario había sido honesto.

- La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. ¿Quién de esta clase podría explicarme el origen de la guerra del Egeo y qué países participan en ella?

En el aula se hizo un silencio y sólo tres personas alzaron tímidamente la mano, dos de las cuales eran precisamente Stylios y Thais. 

- Sólo tres de treinta. Dime, Leah, ¿crees que se puede empatizar con alguien sin conocer su historia? 

La muchacha dio un silencio por toda respuesta.

- Muy bien, yo tampoco.

Empezaremos por el principio.

En mayo de 2013 se descubrió en el mar Egeo un gran yacimiento de gas natural. Se trata de un rincón del Mediterráneo entre Turquía y la Grecia continental, donde se encuentran las famosas islas griegas por las que todo el mundo hace unos años soñaba con hacer un crucero, como Mikonos o Santorini.

Sólo dos de las más de cien islas del Egeo pertenecen a Turquía, y según la ONU, el mar pertenece al mismo país que la tierra hasta doce millas de la costa. Sin embargo, Turquía no había firmado esta convención, y para ellos seguía en vigor el Tratado de Lausana, que fijaba el mar continental en seis millas. Del mismo modo, Turquía no reconocía como griegos algunos islotes deshabitados entre las islas del Dodecaneso (que sí son griegas, nadie lo discute) al igual que se atribuye una parte del norte de Chipre, aunque la comunidad internacional nunca lo haya reconocido.

Turquía ya había advertido a Grecia de que su intención de extender su territorio marítimo era motivo de guerra, y ambos países habían iniciado una carrera armamentística.

Dos años después, el 25 de marzo de 2015 se celebrababa un desfile militar en Atenas con motivo del día de la Independencia. Esto se hace todos los años, pero como habréis visto en las noticias, en este caso fue derribado un caza F-35, causando 25 muertos y más de un centenar de heridos. Las circunstancias del accidente aún no están claras, pero se trataba de un avión valorado en 100 millones de dólares de los que Grecia había comprado a Estados Unidos al mismo tiempo que Turquía había adquirido armamento antiaéreo ruso.

Stylios sintió un escalofrío recorriendo su médula espinal. En Grecia, todo el mundo recordaba dónde estaba y qué estaba haciendo el día que cayó el avión, pero por más que se esforzaba, él no podía recordarlo. Sin embargo, aquel accidente aparecía en sus sueños de forma recurrente, al igual que una niña a la que no había visto jamás.

Entre el clima de hostilidad y la confusión sobre el accidente, el pueblo griego se echó a la calle a protestar contra Turquía, culpándolos del ataque. Varios grupos de radicales aprovecharon para cometer crímenes violentos contra ciudadanos turcos por toda Grecia, y el pueblo turco respondió haciendo exactamente lo mismo. El gobierno de Turquía recriminaba al griego que no desmintiera la autoría del ataque al avión, y el asesinato de un diplomático turco en Atenas a manos de los radicales fue la gota que colmó el vaso.

Actualmente, en febrero de 2021, Grecia y Turquía siguen en una guerra abierta con el apoyo de Estados Unidos y la Unión Europea por un lado, y de Rusia y China por el otro. Si bien estos países no están participando activamente, están contribuyendo con dinero, armamento y personal militar, echando gasolina al fuego en lugar de mediar para disuadir a las partes. Las muertes entre civiles y militares se estiman entre setecientas mil y un millón y medio, y es imposible calcular los daños materiales. De momento no se ha producido ningún ataque nuclear, pero ya nadie duda de que los intereses económicos han sobrepasado a los derechos humanos en los países desarrollados, lo que hace temer un escenario similar al de la Segunda Guerra Mundial.

¡Señor Kolzov, ¿está disfrutando su descanso?! - La señora Brown interrumpió su explicación para aleccionar a Rodia, que roncaba en su asiento con la boca abierta. El chico dio un salto al oír su nombre y miró a ambos lados avergonzado, tratando de ubicarse a sí mismo.

-Sí, Amaia, digo ¡no, señorita Brown! Me he despis… - La profesora no lo dejó terminar.

-Tienes suerte de que vaya a terminar la clase, en el recreo te espero en mi despacho. Clase, quiero que hagáis un trabajo en grupo acerca de la guerra del Egeo y lo expongáis el lunes que viene. Grupos de seis, tenéis el listado en el tablón.

Dicho esto, recogió sus cosas y salió del aula al tiempo que los alumnos se levantaban para agolparse en torno al tablón de corcho. Stylios se disponía a hacer lo mismo cuando algo captó su atención por el rabillo del ojo. Volvió la vista hacia la ventana y allí estaba de nuevo. Un cuervo posado en una farola que parecía mirarlo directamente, como si de algún modo supiera lo que él estaba pensando. Su ensimismamiento fue interrumpido por una jocosa palmada en el hombro. Era Rodia, haciendo gala una vez más de una fuerza que no se correspondía con su escuálido aspecto.

-¡Qué suerte, nos ha tocado juntos! Te añadiré al grupo de WhatsApp con los demás, aunque te aviso que son todos unos muermos…

- Venga ya, no será para tanto – Stylios le siguió la corriente con una leve risa, imbuido de la energía que irradiaba su nuevo amigo. En otras circunstancias, sabía que él habría actuado igual.

-Buah, yo te aviso, ¡luego no me digas!

-Vale, valee… 

La conversación terminó con la llegada del profesor de matemáticas y la mañana discurrió con normalidad hasta el momento de salir al recreo. Rodia, como de costumbre, se dirigió al despacho de la señorita Brown, mientras Stylios salía al patio a disfrutar del sol veraniego de Nueva Zelanda. Se le hacía extraño tener ese clima en febrero y aún podía sentir el jet lag, dos días después del viaje. Sacó su móvil del bolsillo para ver los nombres de sus compañeros de trabajo: Rodia, Thais, Leah, Wade…

-¡Oye, tú!

Stylios se giró para atender a la llamada, pero lo único que pudo ver fue un puño volando directo a su cara. La sacudida mandó una descarga por toda su cabeza y cuello haciéndola girar violentamente en el sentido contrario. El chico perdió el equilibrio y se precipitó al suelo como un saco de arena, estrellándose de cara contra el asfalto con un golpe sordo. Una multitud se congregó rápidamente en torno a la escena. Momentos después, cuando Stylios pudo volver a enfocar la vista, se llevó la mano a la nariz para contener la sangre que brotaba abundantemente de ella. También tenía una brecha en la frente y el labio inferior partido, a la par que sentía que uno de sus dientes se movía. Ante él se alzaba la figura de una chica de tez morena con el pelo caoba y ojos grises que lo fulminaban sin piedad, como si el puñetazo no hubiera sido suficiente.

-No te creas que has escapado de la guerra.

La muchacha barrió la cara de Stylios con una patada, haciéndole perder el conocimiento.


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